Quererte es
un acto que me toma por sorpresa,
es alguien
sosteniéndome las manos detrás de la espalda,
es tus besos
tapándome la boca;
es toda la poesía descartable que te escribo
mientras hablas, naciendo y muriendo en este mismo instante;
hacemos
silencio porque es mejor que decirnos cualquier cosa,
te escondes
en las sábanas y en cuatro paredes.
Yo me escondo
donde puedo,
a veces en
vos, aunque no te des cuenta.
Me gusta
cuando te reís de algo que yo dije,
porque llego a creer que podrías ser feliz
conmigo,
acá del otro
lado del sillón,
o del otro
lado de la cama.
En cinco
segundos te voy a estar robando un beso.
Es alguna
hora de la madrugada,
y yo estoy llorando por esa vez que me dijiste
que el corazón te latía fuerte,
cuando
estabas cerca mío.
Tu lugar de
pertenencia te espera,
uno menos
grande que el hueco que te hacen mis abrazos,
uno dónde tus
ojos se ven más grandes de lo que son.
Es todo tan
continuo porque todos los puntos finales los tenes vos,
debajo de los
ojos, en la nariz, en las comisuras de los labios y entre las manos.
Las agujas
del reloj haciendo esgrima por encima de nuestras cabezas resacadas,
mientras el sol se aproxima con trote.
Fue todo tan
colérico que apenas nos alcanzó para mojarnos los labios,
con agua
glacial del lugar que nos vio en nuestra máxima gloria,
Antes que nos
bifurcáramos,
como un tal
vez para vos,
y como lo que yo creía la conclusión de un
tratamiento express para mí,
donde me
suministraron un dispenser de cosas que nunca merecí,
pero que
tuve la delicadeza de no ejecutar.