16.12.19

Quererte es un acto que me toma por sorpresa,
es alguien sosteniéndome las manos detrás de la espalda,
es tus besos tapándome la boca;
 es toda la poesía descartable que te escribo mientras hablas, naciendo y muriendo en este mismo instante;
hacemos silencio porque es mejor que decirnos cualquier cosa,
te escondes en las sábanas y en cuatro paredes.
Yo me escondo donde puedo,
a veces en vos, aunque no te des cuenta.
Me gusta cuando te reís de algo que yo dije,
 porque llego a creer que podrías ser feliz conmigo,
acá del otro lado del sillón,
o del otro lado de la cama.
En cinco segundos te voy a estar robando un beso.
Es alguna hora de la madrugada,
 y yo estoy llorando por esa vez que me dijiste que el corazón te latía fuerte,
cuando estabas cerca mío.
Tu lugar de pertenencia te espera,
uno menos grande que el hueco que te hacen mis abrazos,
uno dónde tus ojos se ven más grandes de lo que son.
Es todo tan continuo porque todos los puntos finales los tenes vos,
debajo de los ojos, en la nariz, en las comisuras de los labios y entre las manos.
Las agujas del reloj haciendo esgrima por encima de nuestras cabezas resacadas,
 mientras el sol se aproxima con trote.
Fue todo tan colérico que apenas nos alcanzó para mojarnos los labios,
con agua glacial del lugar que nos vio en nuestra máxima gloria,
Antes que nos bifurcáramos,
como un tal vez para vos,
 y como lo que yo creía la conclusión de un tratamiento express para mí,
donde me suministraron un dispenser de cosas que nunca merecí,
 pero que tuve la delicadeza de no ejecutar.

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